Querido señor Einstein:

No voy a negar los enormes beneficios que tiene el internet en nuestros días (así como tampoco voy a ignorar las horribles cosas que pasan en la red), sin embargo una de las actividades humanas que noto con tristeza que se han perdido por su causa es el comunicarnos a través de cartas. En esta ocasión quiero compartir con ustedes (y hacer un poco de publicidad) un bellísimo libro que reune parte de la correspondencia entre Albert Einstein y los niños. ¡Sí, leyeron bien! Remarco esto porque creo que hay aquí dos cosas que deberíamos luchar por rescatar, una es que los niños escriban, expresen sus ideas, dudas, sentimientos, deseos, etc. Y por otro lado, que los científicos (la mayoría, no todos) de nuestros días aprendan un poco de este gran hombre y bajen del pedestal donde se  encuentran para tener mayor contacto con los niños, y con el público en general, para acercar a todos al maravilloso mundo de la ciencia, lograr que la gente la vea como algo suyo, cercano y no como algo inalcanzable.

El libro es: Querido Profesor Einstein: Correspondencia entre Albert Einstein y los niños. Alice Calaprice. Gedisa. 2003.

A continuación comparto con ustedes una selección de las cartas que me parecieron más entrañables.

Para Elizabeth Ley, Stuttgart

30 de septiembre de 1920

Querida señorita Ley:

Elsa me comenta que está usted descontenta porque no consigue ver a su tío Einstein. Así pues, le diré qué aspecto tengo: rostro pálido, cabello largo y una modesta panza. Además, andares extraños, un puro —si se da esa suerte— en la boca y una pluma en el bolsillo o en la mano. Pero su tío no tiene verrugas ni piernas arqueadas y, por tanto, es bastante guapo; y tampoco tiene vellos en las manos, como les ocurre a los hombres feos. De manera que es una pena que no consiga verme.

Con saludos cordiales,

su tío Einstein

De Phyllis, Nueva York.

19 de enero de 1936

Mi querido doctor Einstein:

Nos hemos planteado la pregunta “¿Los científicos rezan?” en la clase de catequesis. Surgió al preguntarnos si podíamos creer a la vez en la ciencia y en la religión. Estamos escribiendo a científicos y otros hombres importantes, con la intención de obtener una respuesta a la pregunta.

Nos honraría recibir su respuesta a la pregunta:¿Los científicos rezan y para qué rezan?

Somos alumnos de sexto curso, de la clase de la señorita Ellis.

Respetuosamente,

Phyllis

Para Phyllis, Nueva York

24 de enero de 1936

Querida Phyllis:

Intentaré responder a tu pregunta con la máxima sencillez que pueda. Esta es mi respuesta:

Los científicos creen que todo lo que ocurre, incluidos los asuntos humanos, se deben a las leyes de la naturaleza. Por tanto, un científico no se siente inclinado a creer que el curso de los acontecimientos pueda verse influido por una plegaria, es decir, por un deseo manifestado de manera sobrenatural.

Ahora bien, debemos reconocer que nuestro conocimiento actual de estas fuerzas es imperfecto, de manera que, en última instancia, la creencia en la existencia de un espíritu último se basa en algún tipo de fe. Tal creencia continua siendo muy común, a pesar de los logros actuales de la ciencia.

Pero asimismo, todo el que desarrolla concienzudamente una investigación científica se convence de que existe cierto espíritu manifiesto en las leyes del universo, inmensamente superior al del hombre. En este sentido, el objetivo de la ciencia conduce a un especial sentimiento religioso que, sin duda, es bastante diferente de la religiosidad de alguien más ingenuo.

Con un saludo cordial,

A. Einstein

De Phyllis, Nueva York

Campamento de Robin Hood [1937]

Mi querido seños Einstein:

Imagino que no habrá recibido nunca cartas tan raras, pero espero que no le incomode. Ayer estuvimos hablando sobre el señor Houdini (que era el mejor mago del mundo) y sí sobre conocía o no la cuarta dimensión. Alguien dijo que usted descubrió la cuarta dimensión pero no puede atravesar las paredes. Pam Statton dijo que el señor Houdini conocía la cuarta dimensión y era capaz de atravesar paredes. ¿Es cierto? Por favor, escríbame para decirme si la cuarta dimensión es el tiempo y explíquemelo. Le adjunto también una carta de Emily Jane Reese, también está interesada en saberlo.

Lo sentimos mucho por la señora Houdini, e intentamos entablar contacto con su marido para ayudarla a comunicarse también con él, pues parece que no puede. Por favor, no crea que somos tontas y todo eso, porque no es así. Yo tengo trece años y no escribo esto para tomarle el pelo ni para ridiculizarlo en absoluto. Por favor, créanos y escríbanos.

Le saluda atentamente,

Phyllis

P.S. Por favor, disculpe a E. J. Reeses por su ortografía. Nuestra directora dijo que debíamos llamarlo Profesor, así que no se enfade si nos dirijimos a usted como señor Einstein.

Hubiera sido muy interesante leer la respuesta de Einstein a esta carta.

De Barbara, Washington D.C.

3 de enero de 1943

Querido Señor:

Hace mucho tiempo que lo admiro. He intentado escribirle muchas veces, pero siempre acabo rompiendo la carta. Porque usted es una persona muy brillante y por lo que he leído siempre ha sido así. Yo solo soy una alumna media de doce años…

Casi todas las chicas de mi clase tienen héroes a quienes escriben cartas. Mis héroes son usted y mi tío, que pertenece al guardacostas.

En matemáticas soy una alumna inferior a la media. Tengo que dedicar más tiempo que la mayoría de mis amigas. Me preocupa (quizás demasiado), aunque imagino que al final aprobaré.

Una tarde, cuando escuchaba por la radio el Readers Digest con mi familia, oí una historia de una niña de ocho años y usted. Entonces le dije a mi madre que quería escribirle. Ella me respondió que “Sí” y que era posible que usted me respondiera. Oh, señor, espero que me escriba. Mi nombre y dirección aparecen abajo.

Le saluda atentamente,

Barbara

A continuación la respuesta a esta carta.

Para Barbara, Washington D.C.

7 de enero de 1943

Querioda Barbara:

Me encantó tu amable carta. Hasta el momento no me había planteado ni en sueños ser un héroe, pero puesto que me has designado como tal, ahora siento que sí lo soy. Así debe de sentirse un hombre que acaba de ser elegido presidente de los Estados Unidos.

No te preocupes por tus dificultades con las matemáticas; puedo asegurarte que las mías eran aún mayores.

Te saluda atentamente

El profesor Albert Eisntein

De Anne

[1951]

Querido señor Einstein:

Soy una niña pequeña de seis años.

Vi su fotografía en el periódico. Creo que debería cortarse el pelo, para estar más guapo.

Un saludo cordial,

Anne

De Sam, Virginia occidental

6 de mayo de 1949

Querido señor Einstein:

Le escribo para que nos resuelva una discusión que hemos tenido un chico y yo en el colegio hoy. Los dos estamos en octavo. Es una pregunta rara, pero tiene mucho que ver con usted. Este amigo mío dice que todos los genios acaban volviéndose locos porque en el pasado siempre ha sido así. Yo no he podido convencerle de que al menos un genio no se volvió loco en el pasado. Le he dicho que usted era un genio y que no se había vuelto loco. Mi amigo dice que usted enloquecerá en menos de un año. Le he contestado que no. Nuestros profesores no han tomado partido y, como era una discusión muy acalorada, hemos decidido escribirle para saber lo que piensa usted. A ser posible, intente no volverse loco. Entre usted y yo, creo que mi amigo no está bien de la cabeza.

Por favor, escríbame y deme su opinión sobre este asunto (tanto si pierde su valiosa cabeza como si no).

Le saluda atentamente,

Sam

Y para finalizar, la que me parece nos ilustra mejor el carácter y personalidad del profesor.

Redacción de un niño [c. 1949, Princeton]

Un día memorable

En una ocasión, hace dos o tres años, mi madre nos dijo a mi hermano y a mí que el gran científico, el profesor Einstein, vendría a comer próximamente. Cuando llegó el día, mi madre nos pidió que nos comportásemos bien para causarle una buena impresión. Al acercarse el momento, comencé a asustarme. No sabía como actuar delante de una celebridad. Pero cuando empezó a hablar con nosotros perdí todo el miedo, porque supe que le gustaban los niños.

Pensé que ni podría comer a causa de la emoción y el temor provocados por aquel gran hombre, pero cuando vi cuánto comía el profesor Einstein y cómo disfrutaba, decidí comer tranquilo.

Después del almuerzo, me preguntó cortésmente si nos gustaría oírle tocar el violín que había traído. Y desde luego, nos complacía enormemente. Entonces el gran profesor se quitó el abrigo, se remangó la camisa, y tocó dos o tres piezas.

No mencionó ni una sola vez su obra, solo habló de cosas que podíamos comprender. Era tan sencillo y amable, que nadie hubiera imaginado que es un gran profesor. En mi opinión, no solo es grandioso, sino también noble.

Espero que les haya picado la cresta y busquen leer este maravilloso libro.

Hasta la próxima,

Mario Alberto

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