El naturalista a bordo del H.M.S Beagle

Después de ser dos veces rechazado por terribles tempestades, el buque de Su Majestad, Beagle, bric de diez cañones, al mando del capitán Fitzroy, de la marina real, zarpó de Davenport el 27 de diciembre de 1831. El objeto de la expedición era: completar el estudio de las costas de la Patagonia y de la Tierra del Fuego (estudio comenzado bajo las órdenes del capitán Kins, de 1826 a 1830); levantar los planos de las costas de Chile, del Perú y de algunas islas del Pacífico, y por último, hacer una serie de observaciones cronométricas alrededor del mundo.  Éste es, sin lugar a dudas, uno de los viajes más famosos en la historia de la ciencia, debido a que uno de sus tripulantes sacudiría nuestra concepción del mundo y de nosotros mismos en 1859.

Antes de continuar me gustaría que hicieramos un ejercicio, ¿quién era el naturalista a bordo del Beagle en este viaje? Por favor, antes de seguir leyendo, intenta responder a la pregunta y escríbela en la sección de comentarios de esta publicación, eso sí, sin dejarse influir por las respuestas de los demás.

Espero que si ya estás leyendo esta parte, es porque ya escribiste tu respuesta. Casi con seguridad la mayor parte de los lectores que contesten esta pequeña encuesta responderán que el naturalista a bordo del Beagle es Charles Darwin. Sin embargo, esto no es del todo correcto. La identidad del naturalista de la famosa embarcación inglesa y la razón por la que Charles Darwin viajó durante cinco años alrededor del mundo son el tema de uno de los primeros ensayos que publicó Stephen Jay Gould (Darwin’s Sea Change, or Five Years at the Capitan’s Table).

Para no crear más suspenso daremos la respuesta: el naturalista del H.M.S. Beagle era un cirujano llamado Robert McKormick, quien desempeñó ambas funciones, la de cirujano y naturalista. En esa época la marina inglesa tenía una bien establecida tradición de cirujanos-naturalistas. Esta tradición se ilustra en la película Master and Commander (Capitán de mar y guerra) protagonizada por Russell Crowe y Paul Bettany. Este último interpreta el papel del Dr. Stephen Maturin, cirujano y naturalista de la embarcación, que ve frustados sus deseos de ser el primer naturalista en estudiar el archipiélago de las Galápagos.

Ahora bien, si McKormick era el naturalista oficial de la expedición, ¿para qué se embarcó Charles Darwin en el Beagle? Darwin se hizo a la mar como compañero del capitán Fitzroy, principalmente con el objeto de compartir su mesa a la hora de la comida, y en todas las comidas, a lo largo de los cinco años de la expedición. Lo anterior se debe principalmente a que la tradición naval británica establecía que el capitán no podía tener contacto social con ningún miembro inferior de la cadena de mando. El capitán Fitzroy era un aristócrata, entre sus antepasados se encontraba ni más ni menos que el rey Carlos II, por lo que solo un caballero podía compartir sus comidas, en este caso ese caballero fue Charles Darwin.

Sin embargo, Robert McKormick no duró mucho como naturalista del Beagle y en abril de 1832, en Río de Janeiro, “fue dado de baja por invalidez” y enviado de vuelta a Inglaterra.  Así que al final de todo, Charles Darwin quedó como el naturalista de la expedición. Mucho se ha escrito de las consecuencias que esto tuvo para la historia de la ciencia, fue una enorme fortuna que Darwin pudiera desarrollarse como naturalista durante esos cinco años.

Para ilustrar de manera muy breve el trabajo de Darwin como naturalista del Beagle, y con motivo de la reciente muerte de “El solitario George”, último ejemplar de la especie de tortugas gigantes Chelonoidis abingdonii (por cierto, el gobierno de Ecuador ha iniciado los trámites para que se declare al “solitario George” patrimonio cultural) a continuación trancribo parte de la descripción de las tortugas gigantes que aparece en el maravilloso libro: Diario de viaje de un naturalista alrededor del mundo.

Comenzaré por describir las costumbres de la tortuga (Testudo nigra, antiguamente llamada indica), a que tantas veces me he referido. Creo que en todas las islas del archipiélago se encuentran estos animales, pero con seguridad en la mayoría de ellas. Parece que prefieren las partes elevadas y húmedas, aun cuando también se les encuentra en las bajas y áridas. El número de tortugas cazadas en un día prueba su abundancia. Algunas alcanzan tamaños fabulosos; un inglés subgobernador de la colonia, Mr. Lawson, me ha dicho que ha visto tortugas tan grandes, que se necesitaban seis u ocho hombres para levantarlas del suelo, y que algunas daban hasta 200 libras de carne. Los machos viejos son los más grandes; las hembras muy pocas veces alcanzan tales magnitudes; se distingue muy bien el macho de la hembraen que tiene la cola más larga. Las tortugas que habitan las islas donde no hay agua o las partes bajas y secas de las otras islas, se alimentan principalmente de cactos. Las que frecuentan las regiones altas y húmedas comen hojas de distintos árboles, una especie de baya ácida y desagradable llamada guayabita y un líquen filamentoso verde pálido (Usuera plicata) que cuelga como trenzas de las ramas de los árboles.

La tortuga es muy aficionada al agua; bebe grandes cantidades y se revuelca en el barro. Las islas algo grandes de este grupo son las únicas que tienen manantiales, situados siempre en la parte central y a gran altura. Las tortugas que habitan las regiones bajas se ven obligadas a hacer grandes viajes cuando tienen sed. A fuerza de pasar por los mismos sitios, han trazado verdaderos caminos, que irradian en todas direcciones desde los manantiales hasta la costa; siguiendo estos senderos fue como descubrieron los españoles los manantiales. Cuando yo desembarqué en la isla Chátam me preguntaba con extrañeza qué animal seríael que tan metódicamente seguía los senderos trazados en la dirección más corta. Es muy curioso ver cerca de los manatiales un gran número de estas inmensas criaturas, dirigiéndose unas con mucha prisa hacia el agua con el cuello extendido, y las otras marchando en calma con la sed satisfecha. Cuando la tortuga llega al manantial, sin preosuparse de si la miran o no, sumerge la cabeza en el agua y traga apresuradamente grandes bocanadas, unas diez por minuto. Dicen los habitantes que todas las tortugas permanecen tres o cuatro días cerca del manantial, y luego vuelven a las regiones bajas del país, pero es difícil saber si repite con frecuencia las visitas. Probablemente se acomodarán a la naturaleza de los alimentos que usen. De todas maneras, es cierto que pueden vivir hasta en las islas en que no hay más agua que la que cae durante los pocos días lluviosos del año.

Está probado ya hoy, creo, que la vejiga de la rana sirve de reservorio a la humedad necesaria para su existencia, y parece ser que ocurre lo mismo con la tortuga, pues se nota, en efecto, que después de su visita a los manantiales se distiende la vejiga de estos animales de un modo extraordinario y se llena de un fluido que disminuye por grados, haciéndose cada vez menos puro. Los habitantes que viajan por las regiones bajas aprovechan esta circunstancia, cuando la sed los acosa, y beben el contenido de la vejiga si está llena. He visto matar una tortuga en estas condiciones, y el agua que contenía la vejiga estaba perfectamente límpida, aunque con sabor algo amargo. No obstante, los habitantes comienzan por beber el agua que se encuentra en el pericardio, que dicen es mucho mejor.

Cuando las tortugas se dirigen a un punto determinado, caminan día y noche, y llegan al límite de su viaje mucho más pronto de lo que podría creerse. Los habitantes han observado a algunos de estos animales que tenían marcados, y han llegado a saber, por este medio, que andan ocho millas en dos o tres días. Yo he vigilado a una tortuga grande, y andaba 60 metros en diez minutos, lo que hace 360 metros por hora, o sea seis y medio kilómetros al día, dejando un poco tiempo para que comiese en el camino. Durante el celo, en que el macho y la hembra están reunidos, el primero produce un grito ronco, especie de ladrido, que puede oirse, dicen, a más de 100 metros. La hembra nunca hace uso de la voz, y el macho solo en la época que he citado, por lo cual, cuando se oye tal grito, se sabe que los dos animales están juntos.

En la época de mi visita (octubre) ponían las hembras que depositan sus huevos en grupos; cuando el suelo es arenoso los cubren con arena, y cuando es rocoso los depositan en los agujeros o fisuras que pueden encontrar. Mr. Byone encontró siete en una fisura. El huevo es blanco y esférico; he medido uno que tenía siete pulgadas y tres octavos de circinferencia, que era, por lo tanto, más grueso que un huevo de gallina. Los buhos hacen encarnizada guerra a las tortugas jóvenes al salir del huevo; las que llegan a viejas no parece que mueran sino por accidente, cayendo, por ejemplo, desde lo alto de un precipicio; al menos los habitantes de las islas me han asegurado que no han visto nunca que una tortuga muera de muerte natural.

Se cree que estos animales son completamente sordos, y en efecto, no oyen a una persona que camine inmediatamente detrás de ellos. Es muy divertido adelantarse a uno de estos mounstruos, que marcha tranquilamente; en cuanto observa al hombre silba con fuerza, encoge las patas y la cabeza, cubriéndolas con el caparazón, y se deja caer con abandono sobre el suelo, como si hubiese sido víctima de un golpe mortal. Muchas veces montaba yo sobre la concha, y golpeando en la parte posterior de ésta se levantaba el animal y sigue marchando; pero es muy difícil sostenerse de pie encima de ellas cuando andan. Se consumen grandes cantidades de carne de estos animales, ya fresca, ya salada; las partes grasas proporcionan un aceite en extremo líquido. Cuando se coge una tortuga se empieza, por lo común, haciéndole una abertura en la piel, cerca de la cola, para ver si la gordura llena todo el espacio hueco de debajo de la concha. Si no está bastante gorda se la deja ir, y dicen que no la perjudica nada en adelante la referida operación. Para apoderarse de una tortuga de tierra no basta, como se hace con las de mar ponerlas patas arriba, porque casi siempre logran volver a su posición normal.

Es casi seguro que esta tortuga es habitante indígena del archipiélago de las Galápagos, pues se la encuentra en todas o en casi todas las islas del grupo, hasta en las muy pequeñas en que no hay agua. Si hubiese sido importada esta especie, es probable que no lo hubiera sido en un archipiélago tan poco frecuentado. Además, los cazadores antiguos la han encontrado en cantidad mucho mayor de la que se halla ahora. Mr. Wood y Mr. Rogers decían también en 1778 que, según los españoles, no se encuentra en ninguna otra parte del mundo. Hoy se ve a esta tortuga en muchos puntos, pero es dudoso que sea indígena en ningún otro lugar…

Para terminar, recordando aquella máxima de que los viajes ilustran, me gustaría compartir el último párrafo del diario de Darwin para promover que no solo los naturalistas sino todo mundo viajemos lo más posible:

Pero me ha proporcianado tan grandes alegrías este viaje, que no dudo en recomendar a todos los naturalistas, aun cuando no puedan lograr tan amables compañeros como los míos, que viajen a todo trance y emprendan excursiones por tierra, si es posible, o si no, largas travesías. Se puede estar seguro, salvo en casos extremadamente raros, de no tener demasiadas dificultades graves que vencer ni grandes peligros que afrontar. Ejercitan estos viajes la paciencia, borran todo rasgo de egoismo, enseñan a elegir por uno mismo y a acomodarse a todo; en una palabra, dan las cualidades que distinguen a los marinos. También enseñan los viajes un poco a desconfiar, pero permiten descubrir que hay en el mundo muchas personas de corazón exelente, dispuestas siempre a seriviros, aun cuando no se las haya visto jamás ni deban volverse a encontrar nunca.

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2 comentarios en “El naturalista a bordo del H.M.S Beagle

    • Los grandes viajes de la ciencia. Wallace fue otro gran explorador, creo que habrá que hacer un post exclusivo de viajeros. Ojalá y tenga más éxito, porque éste aunque me gustó mucho, como que no pegó…

      ¡Qué bueno que te gustó!

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